El ruido de la lluvia se mezclaba con el silencio. La calle estaba vacía. Nadie se atrevía a aventurarse por las calles debido a la fuerte lluvia. Estábamos ahí, el uno delante del otro con la mirada perdida en el suelo. El sonido de las gotas caer se acompasaba con los latidos de mi corazón. Miré al exterior. Una cortina de agua separaba nuestro improvisado refugio de la tormenta.
Intenté mirarla a los ojos pero enseguida volví a agachar la cabeza. Ella estaba inmóvil a mi lado, absorta en sus pensamientos. Finalmente conseguí levantar la mirada y fijarme es sus preciosos ojos. Ella me devolvió la mirada y volvió a su postura inicial. Volví la cabeza y miré al cielo. La lluvia seguía cayendo con fuerza y la luna brillaba más que nunca. De nuevo, puse mi mirada sobre sus ojos. Estiré el brazo y cogí su delicada mano. Entonces ella me devolvió la mirada. Sus brillantes ojos dejaban caer lágrimas cristalinas, que se deslizaban por sus mejillas hasta verse precipitadas al vacío. "No llores", le dije. Ella no respondió. Se limitó a seguir mirándome fijamente. Quise acercarme a ella pero me evadió. Soltó su mano de la mía y echó a correr entre la espesa lluvia.
Corrí tras ella. No podía perderla de esta forma. Al alcanzarla la volví a coger de la mano. Ella paró en seco y se dio la vuelta. Su mano permanecía cálida a pesar del frío helado de la noche, y su rostro, reflejaba una inmensa tristeza. Al momento se abalanzó sobre mí. Nuestros cuerpos se encontraron en un fuerte abrazo. Se me paró la respiración. Notaba sus brazos hacer fuerza contra mi espalda. Entonces rompió a llorar. No supe que reaccionar ante eso. No podía devolverle el abrazo. Mi corazón estaba a punto de estallar. Se retorcía sobre mi pecho como un animal agonizando. No podía dejar de pensar en todo lo que estaba a punto de perder. No contemplaba mi vida sin ella. Nunca pensé que esto pudiera llegar a pasar. Había dado todo por otra persona y ahora no me quedaba nada con lo que seguir adelante.
La estreché entre mis brazos. Los sollozos cesaron. Entonces nuestras miradas se cruzaron, como si nos hubiésemos leído el pensamiento. La lluvia caía por su rostro junto con las lágrimas, que aún seguían en sus parpados. Nunca la había visto tan hermosa. Cerré los ojos e instintivamente acerqué mis labios a los suyos. Podía notar su aliento sobre mi cara. Ya no había lluvia ni nada a nuestro alrededor, el tiempo se había detenido por nosotros. Sólo estábamos ella y yo. Entonces noté un susurro acariciarme la piel: "Nunca te olvidaré"; y nuestros labios se fusionaron en un beso que jamás podré dejar de recordar.
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